Me dejaste,
perdido, turbio, manchado.
En el monte
sin machete.
A puño
limpio y palma sucia.
Construiste
más paredes en el laberinto,
y recogiste
el hilo, hasta la aguja;
hasta las
balas.
Pero no
abandonaste los papeles, menos las páginas.
Y aquí,
otra vez intentando escribirle a la ella,
termino
nombrándote a vos, no sin antes decir,
que pálido
de la vergüenza carita sucia.
Atrasando
las deudas por pagar los pecados.
Infernalmente
crédulo y paradisiacamente ateo,
castigo
divino es que le llaman.
Alma en
pena, recogiendo los pasos,
los besos,
las caricias, los ultrajes.
Yo soy el
que apaga las luces
cierra las
puertas abre y se lanza por la ventana.
Vos eres la
que sueña, yo lo hice pesadilla.
Yo soy el
que derrite el hielo con granito
y limpia
tus borrones con carbón.
El solo de
requinto en tus caderas tropicales.