Todavía no sabemos quiénes somos. Sin
embargo aquí estamos, dando tumbos por el mundo mientras esperamos que nuestros
caminos se crucen estrepitosamente. No sé qué pasará exactamente, pero hay un
par de cosas que se predicen fácil. Cuando nuestras miradas se crucen por
primera vez, sentiremos un chispazo en un lugar del cuerpo que todavía no he
logrado encontrar. Como se acostumbra en esos casos nos lo negaremos, que fue
el viento el sol el cambio de la marea, el choque entre los trópicos de cáncer
y capricornio será la explicación. Pero no, nos buscaremos nuevamente por los
días que vengan de por medio, y nos mostraremos las soledades en la noche final.
Luego de ese primer beso nada volverá a ser lo mismo nunca, huiremos aterrados
día tras día y nos mentiremos a nosotros mismos, el uno al otro. Que no nos
queremos que somos almas libres que es muy pronto que es muy tarde que es muy
lejos que es inútil ¡qué pereza carajo! Pero la espiral se invertirá y no nos
daremos cuenta de que mientras corremos convergemos hacia el centro. Luego de
un rato será inevitable inservible y antivoluntad negarlo, mierda te amo
quédate conmigo no te vayas nunca. La vida por fin tendrá sentido, invencibles
y eternos. Te amaré salvajemente, cuando me vaya de tu lado sentirás que te
falta un pedazo de alma para sentir que regresé con uno más grande cada vez que
te diga que ya llegué que me urge tu abrazo. Haré las promesas más lejanas que
se puedan. Pero un día aparecerá ese engendro en ese otro lugar de mi cuerpo
que aún no puedo encontrar, me dirá que ya no más, que estoy harto. Como acostumbro en estos casos, también me lo
negaré, etapas y rutinas serán mis pretextos preferidos. Vendrá el abismo, no
vas a saber qué está pasando y no te lo diré, al final me daré cuenta de que el
único invencible y eterno es el engendro. Y la espiral se invertirá de nuevo.
Chau, nada que hacer contra la divergencia.
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